viernes, 22 de julio de 2016

ÁGUEDA, MONTAÑA (TELDE)

Hasta muy avanzado el siglo XVIII era conocida como Montaña de Santa Águeda, como lo acreditan documentos y la cartografía militar. El topónimo de Montaña de Santa Águeda aparece en el Mapa y Estado de la Isla de Gran Canaria, que fue realizado por el capitán de Infantería Sancho Figueroa de la Cerda en 1776, para el Plan Político del que había sido nombrado Marqués de Tabalosos, título concedido el año anterior por Carlos III a Eugenio Fernández de Alvarado y Perales, Teniente General de los Reales Ejércitos, Mariscal de Campo, Comandante General de las Islas Canarias, Presidente de la Real Audiencia (GONZÁLEZ RODRÍGUEZ, 1995).

Después nos aparece en un pleito de 1782:

«Los rematadores de Agüimes se negaron a dar parte de estos frutos de los pastores del señorío que alimentaban sus ganados en Pozo Izquierdo, Sardina, Juan Grande, Aldea Blanca, Maspalomas, Charquillos, Montaña de Santa Agueda, Ganados de Suárez y el Cortijo de Gando» (CAZORLA LEÓN, 1984, p. 64).

Vista de la montaña (Google Earth)
Como ha ocurrido con muchos topónimos, en este caso la corrupción ha supuesto la pérdida del adjetivo, cuestión que ha dificultado de alguna manera conocer del mismo al estimarse que era un antro-topónimo y no un hagio-topónimo como es lo correcto, por acercarnos a la historia o advocación a los santos en la isla.

Del nombre de esta montaña el antiguo cronista de Telde dice «Montaña de Águeda.- Tierras así llamadas por haber pertenecido a Águeda María de las Llagas que vivió en el siglo XVIII en aquel lugar» (HERNÁNDEZ BENÍTEZ, 1958, pág. p. 330). La indefinición del año del s. XVIII no permite determinar si es anterior al pleito antes citado, y sorprende que en él se la mencione como Montaña de Santa Águeda, utilizando para otro lugar el nexo de posesión, como es el caso de “Ganados de Suárez”.

Aunque no podamos rebatir dicha información sin documentar por el autor en su información de distintos topónimos, parece no responder a las costumbres de aquellos tiempos en la consolidación de los antropónimos que terminan por ser el origen toponímico con el paso al menos de un siglo, difícilmente en los tiempos coetáneos en los que también se celebró el pleito.

Del apellido se conoce de: Juan Rodríguez Llagas, mozo coro de la Catedral (1723); Thomas Rodríguez Llagas por préstamo del Cabildo Catedralicio (1724); Juan Rodríguez Llagas, cosechero de uva en Tenerife (1757); Francisco Llagas Llanos, colector que aparece firmando un libro de defunciones en Las Palmas (1766); Juan Rodríguez Llagas, portero del Tribunal Inquisición (1779); Francisco Llagas Frías tiple coro (1794); Francisco Llagas Reverón y Mena, que  casó en Granadilla con Mª Rosario Casanova y García del Castillo (1793), fusilado en Venezuela (1814); Mª Rosario Llagas Vázquez, hija del Sargento Llagas, alcaide del Castillo de la Luz y mayordomo de la ermita (1887); y de dos frailes que lo toman con el hábito.

Hay general coincidencia en que a mediados del siglo XIV, con la arribada de los frailes mallorquines que como misioneros pensaban evangelizar estas desconocidas islas, llegó la advocación a santa Águeda, santa Catalina Mártir y san Nicolás de Tolentino, y se refieren algunas noticias de la buena acogida que inicialmente tuvo entre el grupo étnico indígena o aborigen, según se quiera, que terminaría en el fracaso de la misión con la muerte de los frailes, consecuencia de las reacciones de los aborígenes a las violentas capturas y apresamientos que realizaban mallorquines y corsos dedicados a la piratería, tomados ambos como iguales.

Las expediciones mallorquinas y catalanas del siglo XIV a Gran Canaria tocaron tierra en el Perchel de Arguineguín, concretamente en la Bahía del Pajar, donde existe una antigua ermita en la que se venera a santa Águeda según ya hemos tratado en su entrada a este Blog Bahía de Santa Águeda, como lo manifiestan las distintas crónicas históricas.

«Tuvieron los Mallorquines en esta ysla de Canaria algunos puertos que savernos de su comercio a las ysletas una fuerte cassa de piedra sola mui fuerte, que su pared tenia de ancho y de grandes piedras siete palmos largos y segun los simientos una quadra mui ancha y larga onde oi esta una Hermita de Santa Cathalina Martir a la parte del sur en el Ganeguin una cueba onde se decia missa que oian los xristianos que comerciaban, llamada Santa Agueda, como la Iglesia maior de Sicilia, que assi es llamada a la parte de poniente a unas poblaciones de Canarios llamada Tirma, y otras de la Aldea de San Nicolas de Tolentino onde se decia missa mui serca del mar, una Hermitica mui pequeña la mitad cueba y la otra mitad de piedra …» (ARIAS MARÍN DE CUBAS, 1986, p. 58-59).

Detalle de las islas en el Atlas de Abraham Cresques
Si bien de santa Catalina y san Nicolás se tenía la certeza de la advocación en el levante de la Península Ibérica, todas las referencias más notorias de la antigüedad a santa Águeda conducían a Castilla, en concreto a Burgos y a la iglesia de Santa Gadea o Santa Águeda, donde refiere la romanza medieval que fue en el año 1072 cuando Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador obligó  al rey Alfonso VI de León le hiciera el juramento de que no había participado en el asesinato de su hermano rey Sancho II de Castilla, en el cerco de Zamora.

Pero las crónicas ya decían de los mallorquines y de los catalanes, y más determinante iban a ser los estudios realizados sobre la tabla que representa a dicha santa del lugar de El Pajar:

«En el estado actual de los estudios iconográficos no hay en el archipiélago imagen alguna con clara paternidad mallorquina. Para algunos autores se consideran afines a este estilo la imagen de Ntra. Sra. de las Nieves en la Palma o la tabla de Santa Águeda en Arguineguín» (LAVANDERA LÓPEZ, 1988, p. 770).

Del interés náutico de mallorquines y catalanes por alcanzar las costas atlánticas de África y las islas en el trayecto en el siglo XIV es muy conocido, así como del acompañamiento que le hacían los frailes mallorquines que auspiciados por el Papa se enrolaban para realizas sus labores misioneras.

«Cuando el papa Clemente VI, el instaurador del fracasado reino de la Fortuna, conoció por boca de sus propulsores tan prometedor panorama no vaciló en erigir en las islas del Atlántico una diócesis misional por medio de la bula Coelestis rex regum (1351). La nueva diócesis quedó a partir de esa fecha bajo la dependencia directa de la santa sede, preocupándose de manera particular por su auge los pontífices Inocencio VI y Urbano V. El lugar escogido para residencia de la catedral -una humilde cueva, seguramente- fue la ciudad indígena de Telde, en la isla de Gran Canaria. La diócesis perviviría por espacio de medio siglo, acabando por extinguirse en un ambiente adverso. Se conocen hasta cuatro obispos de Telde: Bernardo Font (1351), Bartolomé (1361), Bonanato Tarí (1369) y Jaime Olzina (1392)» (RUMEU DE ARMAS, 1998, p. 586).
 
Detalle de las islas en Atlas catalán de 1375 (LunaBruna Bf)
Debe entenderse la naturaleza del obispado creado, pues no obligaba al desplazamiento de un obispo a la isla, y los intereses políticos se unían a los religiosos y a los comerciales.

«Carecemos de fuentes documentales para afirmar, o negar, si el obispo de Telde realizó algún viaje a las Islas Canarias, donde radicaba su obispado. Descartar apriorísticamente la posibilidad de acudir a su campo de misión no es razonable. Como iban los mercaderes de la corona aragonesa, podía ir el mismo obispo, aunque no se pudiera pensar en un viaje grato, fácil, ni sencillo. Tiempo no le faltó en más de diecinueve años de episcopado, sobre todo en los de 1392-1399, cuando pudo andar por Mallorca, y el viaje marítimo estaba justificado sin que pesaran excesivamente las distancias. En cambio, dadas las actividades que a lo largo de doce años ejerció en Zaragoza, no se ve cómo ni cuándo podría desplazarse desde el interior de la península a los puertos de la corona de Aragón, y desde allí a las factorías o colonias aragonesas de las Afortunadas […] Los reyes aragoneses en el siglo XIV montaron un obispado, oficialmente, jurídicamente residencial en las islas Canarias, aunque no las habían ocupado ni conquistado. » (FERNÁNDEZ SERRANO, 1973, pp. 254-255).

Pero poco o nada se cuenta de la relación de santa Águeda con Mallorca, salvo lo que pudiera señalarse del último obispo Jaime Olzina, mallorquín, que tiene cierto paralelismo en su carrera eclesiástica con la del valenciano elevado a los altares Vicente Ferrer, que de alguna manera pudo estrechar entre ellos alguna relación que llevara a compartir su fervor por la santa cuya devoción extendió el valenciano por todo el levante español.

«San Vicente Ferrer tomó el hábito a los dieciocho años el día de santa Agueda, 5 de febrero de 1368, pero advierte el historiador Diago que ya había estudiado, siendo seglar, tanto la Gramática como la Lógica, aunque se le impuso un nuevo curso de Lógica, de Filosofía, para adaptarse a los estudios y estudiantes de la orden» (IBÍDEM, p. 240).

«Jaime Olzina, tras sus estudios filosóficos en Barcelona, retorna a su Mallorca nativa para ejercer el magisterio de esa Filosofía entre los jóvenes dominicos de su convento. Lo mismo que le sucedería cinco años más tarde a fray Vicente Ferrer, que, finalizados los estudios de Lógica en Barcelona, fue destinado antes de penetrar en los estudios teológicos al convento de Lérida con la misión de lector, o profesor de Lógica, de Filosofía» (IBÍDEM, 1973, p. 241).

Si bien no se conoce ningún documento que lo acredite, pudo ser que el último Obispo de Telde cuando encomendó la misión evangelizadora a los frailes franciscanos mallorquines, pudo también interesar de ellos que se trasmitiera el fervor por santa Águeda. Y de ahí la presencia de la tabla en la ermita de El Pajar en Arguineguín. Llegado a este punto, habría que señalar que todas las crónicas históricas hablan de la presencia de los frailes franciscanos en Telde, como sede del obispado, y todo indica que se ha perdido en los siglos el lugar o cuevas donde instalaron su “eremitorio”, etimológicamente según el DRAE «Del latín medieval eremitorium 'habitáculo del eremita', y este del latín tardío eremīta 'eremita' y el latín -torium '-torio'», expresión que tiene mayor amplitud que “casa de oración” pues es también el lugar donde habita.
Imagen de El Pajar-Arguineguín
(Afigliosacrocuore.blogspot-com)

«Durante el tercio medio del siglo XV, Telde volvió a ser el núcleo misional más importante dentro de la isla de Gran Canaria. Bajo el alto patrocinio del obispo de Rubicón Diego López de Illescas (1460-1468) y la colaboración efectiva de los franciscanos de la vicaría de Canarias se cimentó en la mencionada ciudad sureña un eremitorio (casa de oración) alrededor del año 1462.

La edificación del eremitorio se pudo acometer después de una laboriosa negociación con los indígenas llevada a cabo entrega de niños rehenes cristianos como garantía de paz y amistad. El obispo Illescas procedió a consagrar la nueva iglesia, que quedó abierta al culto. En la valiosa infomación de Esteban Pérez de Cabitos (1477), Martín de la Torre da fe del singular suceso: “Este testigo vido en Telde al obispo de Canaria don Diego López, e que estovo ende con él dentro en Telde, e que oyo ende missa …”. Fernando Alfonso es tanto o más expresivo, aunque no declare de manera inconcusa que Telde sea el escenario concreto del recuerdo: “Conosció este testigo en las dichas islas al dicho obispo e sacerdote de ellas ..., e que vido bautizar en ellas a algunos canarios, e que este testigo fue padrino dellos; e aun que fizo bautizar unos quatro cativos canarios, suyos desde testigo …”.

No se puede precisar el lapso de tiempo en que el eremitorio de Telde se mantuvo en pie. Sobran los indicios, sin embargo, para establecer que más adelante fue destruido por los indígenas, al quedar rotas las amistosas relaciones con la torre de Gando» (RUMEU DE ARMAS, 1998, pp. 592-593).

Perdido todo vestigio de estas cuevas que pudieran haber sido el “eremitorio” de los frailes franciscanos en el s. XIV, en una recopilación de apuntes de investigación etnográfica sobre cuevas y refugios de pastores (RODRÍGUEZ BETANCOR, 2014), hemos comprobado entre los diecisiete lugares reutilizados con posterioridad inventariados en Telde, y encontramos el siguiente anotación 14. Morros de las Cuevas de Calasio, haciendo referencia a una singular cueva de grandes dimensiones horadada en la toba del Lomo, reutilizada por pastores. Las arqueológicas son evaluadas como cuevas naturales.

Se sitúa el conjunto a unos 640 metros de la falda septentrional de Montaña Águeda, en la banda meridional de la Cañada de las Haciendas, que aguas abajo toma el nombre de Barranco de Silva corriendo hasta el mar para desaguar junto a la Punta de Risco Caído, a 1.070 metros al norte de Tufia, y a 4.900 metros de la Torre de Gando,  después de discurrir junto a muchos vestigios aborígenes de notable interés.
 
Cueva de pastor en el Lomo (La Vinca EeA)
Es precisamente en las Cuevas del Calacio, tal como el topónimo está inventariado por el Instituto Geográfico Nacional, donde se inicia el territorio del Bien de Interés Cultural “Barranco de Silva” (Decreto 262/1993, de 24 de septiembre, Gobierno de Canarias), que describe los siguientes asentamientos:

«-Cuevas de Calasio: grupo de ocho cuevas artificiales excavadas en la toba y comunicadas entre sí, asociadas a la necrópolis tumular en escorias volcánicas, situada cercana al cauce del barranco.

-Cueva de las Huesas: conjunto de cuevas excavadas en la toba, de las cuales destaca una de grandes dimensiones con cuatro huecos y una pequeña cueva adosada. Para llegar hasta ésta se accede a través de unos pasos labrados en la toba.

-Lomo Melosal, Rosiana: grupo de cuevas artificiales excavadas en la toba, reutilizadas en tiempos históricos a las que se asocian una serie de cazoletas labradas también en la toba.

-Cueva grabada de Silva-Jerez: cueva artificial excavada en la toba semicircular con grabados, tanto en su interior –con motivo de vulvas- como en su exterior.

-Cuevas de Jerez: conjunto de cuevas artificiales distribuidas en tres niveles, en una de ellas se observan bajo relieves en forma de posibles grabados alfabéticos líbicos.

-Almogarén de Jerez I: conjunto de canales y cazoletas asociadas a cuevas artificiales excavadas en una explanada anterior a las mismas.

-Almogarén de Jerez II: grabados alfabéticos excavados en la toba y asociados a unos canales que se relacionan con el Almogarén del Jerez I».

Se observará que describe un importante asentamiento de la población aborigen, en el que encontramos los Almogarén donde efectuaban ritos religiosos, y dominando todo él, en la banda meridional del cauce se encuentra la Montaña Águeda que alcanza la mayor altura de 564 msnm., cuestión que es  importante destacar.

La montaña dominando todo el entorno (Google Earth)
De las crónicas históricas coincidentes, conocemos de la armada de 1344, y fijamos nuestro interés  en las relaciones que los mallorquines mantuvieron con los aborígenes:

«Se cree que los mallorquines que vinieron con la armada de don Luis de la Cerda llevaban consigo muchos útiles para construir y que, al desembarcar sin sospecha en la playa de Almenara, frente a la ciudad de Telde, fueron capturados por la muchedumbre de isleños que acudieron a la orilla, para oponerse a la entrada.

[…] Los mallorquines cautivos hallaron en los canarios humanidad y buena voluntad; y se entendieron con ellos tan prudentemente, que vivieron junto con ellos casi como si fuesen naturales, y más que unos amigos de fuera. Tuvieron de ellos tierras y ganado y mujeres, con las que se casaron y tuvieron hijos. Ellos fabricaron la iglesia de Santa Catalina Mártir, entre la ciudad y el puerto, la cual era cuidada por frailes franciscanos que vinieron a predicar el Evangelio; y hicieron estatuas de madera a la Virgen y a Santa Catalina y a San Nicolás, pero tan mal hechas, que molesta el que se deban contemplar, debajo de formas tan torpes, bellezas más que divinas. También adoctrinaron a los canarios en todas sus cosas, tanto de gobierno como en ritos y ceremonias que ellos hacían a Dios. Ello no obstante, no se sabe que algún canario se haya bautizado; se cree, al contrario, que fue establecido por los canarios que cada uno vivise en su ley, y que no consintieron que propagasen el Evangelio.

Pero con el tiempo, aumentando la generación de los mallorquines, de modo que les parecía poder enfrentarse con los isleños, empezaron a predicar el Evangelio y a querer cambiar las cosas de éstos; y ellos (como todavía no había llegado el tiempo establecido por Dios para su conversión), en cierta hora del día, (así como los sicilianos habían hecho con los franceses), tomaron las armas y mataron a todos los mallorquines y a los que habían nacido de ellos. Los frailes franciscanos fueron precipitados desde la altura de un monte, por lo cual todos juntos gozan hoy, triunfadores, en el cielo, la palma del martirio» (TORRIANI, 1959, pp. 117-119). 

Además de esta crónica coincidente con la de Abreu (ABREU GALINDO, 1977), nuevas investigaciones amplían el tamaño de las relaciones

«En el caso de los mallorquines, el grupo establecido permanentemente entre los canarios pudo convivir con los grupos de la costa. ¿La separación entre ambos se veía reforzada por la permanencia de los laicos en el interior y de los frailes en la costa? Torriani señala que la iglesia de Santa Catalina era regida por los franciscanos y dicho lugar no parece apto para la instalación de colonos, pero otros datos impiden dar valor general a esta prueba. Los frailes arrojados a la sima de Jinámar no debían proceder de un lugar muy distante y no parece lógico que la sede de un obispado misional careciese de clero regular» (AZNAR VALLEJO et TEJERA GASPAR, 1992, p. 35).

La inexistente mención a la advocación a santa Águeda por los franciscanos arribados a Telde en las crónicas, ha de entenderse como omisión involuntaria, dado que las derrotas marinas que primaban en aquellos tiempos establecen dos bahías en la ruta Este-Sur que se ofrecían a los mallorquines:

«Entre Punta de Taozo (27º, 45' N. y 15º, 40' W.) y Morro Colchas la costa da paso a dos bahías. La de Santa Águeda al W. y la de Melenara al E. pudiéndose fondear en ambas por estar resguardadas de los vientos. Estos son los desembarcaderos de Arguineguín, frecuentados tempranamente por los europeos en cuyas inmediaciones se localizan abundantes vestigios de estructuras habitacionales aborígenes» (MARTÍNEZ DE GUZMÁN, 1982, p. 115).

La Montaña en rojo, asentamientos aborígenes en azul y arriba al norte,
 la Sima donde se cuenta fueron arrojados los misioneros
En los tiempos actuales, con modernas embarcaciones, puede sorprender del contexto de dos bahías para fondear, pero hemos de circunscribirnos al s. XIV y siguiente, como lo acredita otra crónica histórica con enmiendas a la traducción anterior:

«Llegaron a Gran Canaria cerca de Telde, pero no se atrevieron a fondear, pues soplaba un fuerte viento y estaba anocheciendo, siguieron avanzando otras veinticinco millas hasta una ciudad llamada  Arguineguín, en la que atracaron y estuvieron fondeados once días» (AZNAR et alii, 2007, p. 222).

No es aventurado considerar que la situación geográfica de Montaña Águeda, en un punto intermedio, dominando con su altura todo el asentamiento aborigen del Barranco de Silva, sin olvidar que en su panorámica hacia el sur puede observar los asentamientos en el Barranco del Draguillo y el también próximo del Barranco de Guayadeque, es una atalaya singular, y, tratándose de un apagado volcán, representar como icono aquello que la leyenda cuenta de su lugar de nacimiento, la siciliana ciudad de Catania de la que es patrona la santa.

Prólogo de Legenda Aurea
Atribuida al hagiógrafo dominico italiano Jacobus de Voragine, después obispo de Génova, en la obra Legenda aurea iniciada en 1250 (VORÁGINE, 1996), cuenta que detuvo la lava milagrosamente en la erupción del volcán Etna, ocurrida un año después del martirio de santa Águeda (c.250), en respuesta a las rogatorias que sus conciudadanos hicieron a la santa. Se da la curiosidad añadida que las voces Catania y Canaria contienen iguales vocales y fonemas próximos.

Tratándose de una obra que alcanzó un gran prestigio, narrando historias de santos con la intención de propiciar la religiosidad popular en el mundo medieval, fue conocida y seguida por todos los estamentos religiosos, entre los que podemos incluir sin duda a nuestros franciscanos mallorquines quienes en sus misiones intentaban emular a sus santos. No es de extrañar que fueran ellos los que dieran a esta elevación el nombre de Montaña de Santa Águeda, que en algunas cartas así fue recogido para que llegara así hasta el s. XVIII.

Tampoco ha de extrañarnos la mistificación de la vida de los santos que se hacía en la antigüedad, y bástenos como testimonio del “colorido” que hacía de santa Águeda un ilustre canario, Bartolomé Cairasco de Figueroa en su Templo Militante, tal como se interpretó de su edición de 1603 (ALONSO, 1952, pp. 382-383):

«Y ahora la metáfora junto a la sensación cromática. El tirano que no ha logrado los requeridos amores de Águeda manda cortar su pecho:

“Así después que la braveza insana
de aquel cruel con ánimo maligno
mandó cortar de dos la una manzana
al delicado pecho alabastrino,
nuestra amazona, ilustre soberana,
tiraba desde el suelo al Rey divino
flechas de amor envueltas en suspiros
haciendo asi más acertados tiros.
Y en tanto que la purpura reciente
del blanco pecho matizaba el suelo,
saliendo como el agua de la fuente
por la herida del rosado velo
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .”

Flores, colores, olores se suman a las piedras preciosas:

“Iba la virginal ninfa vestida
de rica tela plateada y verde,
de azucenas de aljófar recamada;
el dorado cabello recogido
en una redecilla verde y blanca,
poblada de claveles y jazmines
con cintas de diamantes y esmeraldas.

Era su bello adorno al modo y talle
que lo suelen usar las bellas ninfas
de tela de oro y verde, recamado,
de finas esmeraldas, y el cabello,
que los rayos del sol oscuro vuelve.
Al regalado céfiro esparcido,
con una cinta verde, toda llena
de perlas y rubíes por corona,
por joya al pecho en otra blanca cinta,
un áncora llevaba de esmeralda,
de flores que un olor daban del cielo”»


Después de su lectura, trasladándonos siete siglos atrás, no es impensable que aquellos atrevidos misioneros franciscanos venidos de Mallorca, representaran con esta montaña el icono del fatal desenlace en su muerte y la milagrosa leyenda en la erupción del Etna como pecho sangrante.

Localización (IDE Gran Canaria)

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