miércoles, 11 de abril de 2012

ATALAYA, LA (SANTA BRÍGIDA)

Actualización 28-mar-2016
Recibe este nombre por su ubicación en un promontorio que domina el barranco de Las Goteras, antes conocido por barranco del Gamonal, antiguo lugar de vigilancia y defensa. Fue un antiguo poblado aborigen de cuevas, con casas excavadas en la roca de donde recibe su calificación como habitat troglodita, que aún algunas continúan habitadas.

Loceras en 1890 (Pérez Ojeda L Fedac)
Sus casas-cueva llevan protegiendo a los "talayeros" -como los lugareños quieren que les llamen- de las inclemencias del tiempo desde antes de 1483, fecha en la que finalizó la conquista de Gran Canaria, siendo uno de los poblados trogloditas más singulares del Archipiélago, del que constan muchas referencias retrospectivas fotográficas, así como relatos de viajeros famosos. Como en todos los poblados "del tiempo de los canarios", la confección y "guisado" de la cerámica aborigen sería una de las tantas labores habituales de sus ocupantes, pero no se tiene constancia que fuera una labor que sobresaliera entre las otras en este lugar.  

La casa cueva o vivienda troglodita fue una de las primeras construcciones populares usadas con especial incidencia en el agro canario. El empleo como hábitat de la cueva natural y artificial, además de la reutilización de las dejadas por los aborígenes, se ha prolongado durante siglos debido a sus condiciones térmicas, amplitud de espacio, escaso valor económico y, en algunos casos, la marginación social de sus grupos de moradores.


Panorámica 1890 (Pérez Ojeda, L Fedac)
Hasta el siglo XIX, en la isla el hábitat troglodita llegó a ser la residencia de aproximadamente un diez por ciento de su población. Además de La Atalaya, destacan los agrupamientos de casas-cuevas en Artenara, Tara, Acusa, Cendro y Barranco Hondo.

Del topónimo ya se tienen noticias en los repartimientos, y así es mencionado por Bartolome Hernandez cuando el 17 de octubre de 1550 decía: «... que puede aver quatro o çinco años poco mas o menos que yo ove pedido a vuestas señorias un pedaço de tierras que son detras del lomo del Gamonal a un lado del Atalaya e lindan la parte de arriba con tierras de Ysabel Salvago e por otra parte con tierras que fueron de Juan Baxo e del otro lado tierras de Juan Martin del Castañal e por la parte de abaxo tierras de Alonso Suarez que podra aver treynta o quarenta hanegadas de tierras ...» (RONQUILLO, M. Y AZNAR VALLEJO, E.: Repartimientos de Gran Canaria, Las Palmas de GC, 1998).

Atalaya y el Monte 1925 (Hermann K. Fedac)
En los primeros tiempos, el topónimo se extendía prácticamente dentro del ámbito del Monte Lentiscal, con su típica vegetación de entonces, como puede apreciarse en la descripción de las propiedades que el Cabildo, el 21 de noviembre de 1664, cede a Diego Álvarez de Silva, escribano mayor del mismo Cabildo «… dos fanegas de tierras en la Atalaya que estavan llenas de monte de lentiscos mui espesos…», en 12 reales y medio de tributo perpetuo, advirtiendo que para desmontarlas tendría gran trabajo.

Pero fue la actividad locera, poco significativa e incipiente desde finales del siglo XVII y el XVIII, alcanzó un crecimiento notable y progresivo en los siguientes siglos, la que dio a conocer a esta población en toda la isla. Era desarrollada casi en exclusiva por mujeres, pues los hombres trabajaban en las tierras y ayudaban para el acarreo de la leña y el barro, y otros trabajos pesados. De aquí, la artesanía locera se llevó a otros puntos de la geografía insular, en períodos de crisis económica que obligaban a migrar; y, así, se establecieron los primeros alfares en Hoya de PinedaLugarejosMoyaTunte, etc.


Horno y cerámica 1925 (Maisch T Fedac)
Según referencias del s. XIX, eran más de doscientas familias las dedicadas a esta tradición artesanal, al oficio de la alfarería. La primera referencia escrita del pago de la Atalaya, que se difunde en la prensa científica, de cuantas tengamos noticia es la escueta descripción que publica el conde de Poudenx en 1819.

Aquí se confeccionaba la loza con una técnica manual, sin torno, con el levantamiento de las piezas por el procedimiento del urdido, consistente en el continuado añadido del churro o cordones de barro bermegal mezclado con arena, desde el fondo de la pieza hasta su boca, para luego alisar y pulir con pequeñas piedras lisas.

Panchito 1950 (Fedac)
Como en toda la alfarería insular, el "guisado" o cocción se hacía en diferentes hornos, en mayor medida mono-cámaras, como el restaurado junto al alfar de Panchito, Francisco Rodríguez Santana, alfar que se ha convertido hoy en un eco-museo, la denominada Casa Alfar Panchito, donde, además, para la conservación y divulgación de este ancestral oficio canario que algunos investigadores sostienen fue traído por los portugueses, se han creado el Centro Locero de La Atalaya y la Asociación de Profesionales de la Loza de La Atalaya.

Un importante testimonio con la descripción del proceso de confección de la loza nos dejó la ilustre viajera británica  de finales del XIX: «… Sentada sobre el suelo con las piernas cruzadas, en el centro de la cueva, había una anciana. Delante tenía una piedra lisa, de alrededor de un pie y medio cuadrado, a un lado,  una masa informe gris y al otro, un cuenco de barro lleno de agua. La forma regular de las diversas vasijas, braseros y otros artículos de alfarería nos habían hecho suponer, aunque erróneamente, que habían sido hechos con un torno.

Olivia M. Stone
[…] Tomando un trozo de arcilla y humedeciéndolo, rápidamente lo amasó con las manos formando una bola y después, colocándola sobre la piedra, la extendió, presionándola, hasta darle forma de cuenco, haciéndola girar continuamente para mantener la forma circular. Después tomó un pequeño pedazo de arcilla y dándole forma oblonga, la enrolló por todo el borde del cuenco, aumentando así su altura. Este proceso se repitió una y otra vez hasta que la vasija era lo bastante grande, manteniendo la mano izquierda siempre dentro de ella para poder hacerla girar, y, cuando sentía que no tenía suficiente grosor en algún sitio, le añadía arcilla. Una sección que estaba doblada hacia afuera en la parte superior gradualmente tomó la forma del pico.

[…] Una vez que la vasija gris estuvo terminada la pusieron al sol a secar. Cuando están lo suficientemente duras, trazan rayas por afuera con una piedra lisa y oblonga. […] Es curioso observar que se han encontrado rayas exactamente iguales en las vasijas de los guanches, quienes sin duda hacían su alfarería de forma parecida. […] Los hornos son circulares, construidos con piedras y con los huecos entre ellas rellenados con barro, muy parecidos, aunque mayores, a los hornos de pan que se utilizan en todas las islas.

[…] En el horno colocan grandes piedras redondas que se usan para levantar por un lado las vasijas y los diferentes artículos para que el calor pueda alcanzar toda la superficie al mismo tiempo. El calor de estos hornos es enorme y no se puede uno acercar a menos de una yarda, más o menos, de las bocas, sin quemarse. Por lo tanto, cuando hay que mover las piezas, utilizan dos varas largas de pino para cambiar de sitio las piezas calientes en el horno y para sostenerlas. […]  Cuando las piezas están listas para vender, las mujeres llevan sobre sus cabezas grandes cestas llenas de cántaro, braseros y vasijas para tostar gofio y café, hasta Las Palmas, a unas cinco millas de distancia » STONE, OLIVIA: Tenerife y sus seis satélites, 1887 (Traducción de Juan Amador Bedford).

Familias de loceros 1895 (Fedac)
El tamaño del lugar de La Atalaya como topónimo iba mucho más allá de lo que era el asentamiento troglodita y la cultura del barro, dejando muchas señas documentales en las testamentarías de la alta sociedad de entonces, que atestiguan su notable importancia siglos atrás y la de sus propiedades en el Lomo de La Atalaya. Una relación cronológica extensa, para entender su dimensión, sería esta:
Hornos y casas cuevas
1890 (Fedac)

  • Miguel Calderín Casares, Licenciado y Racionero de la Catedral, el 4 de abril de 1696 con una hacienda de 16 fanegas de “secano” denominada “Murcia” con sus casas y bodega; 
  • Miguel Baez Marichal, Licenciado y cura del Sagrario de la Catedral, el 14 de marzo de 1720 con una hacienda de de 27 fanegas de viña con casas, además de la ermita antes nombrada;
  • Juan Barreda Padrón, Chantre de la Catedral y Juez Apostólico del Tribunal de la Sta. Cruzada y Examinador Sinodal, el 21de julio de 1745 con una hacienda de 50 fanegas de viñas y árboles frutales con sus casas y ermita en la Majadilla de la Atalaya;
  • Mª Inés Ramos Collado, viuda del Capitán Pedro J. Bravo, el 4 de septiembre de 1751 con una hacienda de viña con casas y lagar, cercado de tierra de “pan sembrar” y Suerte de viña; 
  • Diego Álvarez Silva, Licenciado y Prebendado de la Catedral, el 22 de junio de 1771 con una hacienda de 19 fanegas de viña y frutales, con casa, lagar y caldera de destilar;
  • Pedro Bravo de Laguna Bandama, Regidor Perpetuo, el 10 de marzo de 1776 con una hacienda de viña dividida en dos suertes, El Mocanero y el Macho Viejo, con su casa, bodega y lagar;
  • y Bartolomé Bravo Laguna, Castellano del Fuerte de Sta. Isabel y Regidor Perpetuo, el 11 de mayo de 1787 con una hacienda de 16 fanegas de viña con alguna arboleda, casas bajas, lagar de cantería, bodegas, casa del mayordomo y otros accesorios de labranza».
En relación con La Atalaya y la loza del lugar, el investigador Antonio M. Jiménez Medina en su Tesis Doctoral (“Arqueología de la loza canaria. Historia y tecnología cultural de la cerámica elaborada a mano en la isla de Gran Canaria, siglos XIX y XX”, 2016, Inédita) argumenta:

«Se desconoce cuándo se inicia la actividad alfarera en esta localidad de La Atalaya, pudiendo existir dos posibilidades:

·  Centro locero que comienza en el siglo XVI (al menos desde 1594), que es denominado “La Ollería” y que procedería del mundo indígena (según el cronista oficial de Santa Brígida, Pedro Socorro Santana, 2009).

·  Centro locero que se establecería a partir de mediados o finales del siglo XVII (c. 1663) y que aparece documentado fehacientemente a partir de 1724 y en el que se asienta población procedente de las islas de Fuerteventura y Lanzarote, debido a la emigración producto de las grandes hambrunas desde 1720, o unos años antes, del que se desconoce la impronta o relación de dicha población en las labores alfareras (si estas poblaciones emigradas trajeron consigo el conocimiento alfarero, si existía previamente en la población de la zona, o si se fundieron ambas tradiciones loceras).

Talayeras (Fedac)
El “Lomo de La Atalaya” (lugar que Pedro Socorro relaciona con el lomo en el que se emplaza un campo de golf en la actualidad) aparece reflejado en un acta bautismal, asentada el 5 de febrero de 1588 y unos años más tarde aparece citado el topónimo “La Atalaya”, en 1594, lugar donde existía un puesto de vigilancia destinado a avisar la llegada de naves que pudieran albergar corsarios, o piratas (Socorro Santana, 2009). Para Pedro Socorro Santana, la actividad alfarera en este pago comienza a finales del siglo XVI, pues sostiene que en 1592 se cita una ollería en este lugar (concretamente en un acta bautismal, fechada el 19 de abril de 1592, en la que se cita que la niña Isabel, hija de Alonso Martín y Constanza de Troya residían en “La Ollería”, que considera como una vieja ollería que enlaza sus raíces con un poblado indígena que se estableció en la zona (Socorro Santana, 2009).

Oficio de generaciones (Fedac)
Sin embargo Pedro Quintana Andrés sostiene que esa Ollería se ubicaba, realmente en “El Dragonal”, tal y como ha podido documentar en varios legajos depositados en el archivo histórico provincial, desde 1517 hasta 1663. En ese sentido, se cita al ollero Andrés Martín, que fabricaba tinajas en 1517. Este mismo ollero es citado, posteriormente, como el antiguo propietario de “La Ollería” (1522). Luego en 1532 se documenta que se hacían tejas y ladrillos en la misma Ollería. Asimismo, en 1601 se cita el camino de La Ollería,  durante el ataque de Van der Does de 1599, en la zona de Tafira y del Monte Lentiscal.

En diversos documentos de compra-venta se cita la venta de un molino, denominado como “Molino de La Ollería”. Este molino se sitúa, según se especifica en los legajos, en “el barranco que viene de La Angostura”, “el barranco de Las Palmas”, “Tafira”, “el Puerto de Las Galgas” o “en El Dragonal”, zona que se ubica cerca del actual Jardín Canario, entre el Barranco del Guiniguada y El Dragonal (Quintana Andrés, 1998: 111). En esta área de El Dragonal se localizaban, además del citado molino (desde 1608 hasta 1663), una casa terrera (1618), una hacienda (1623) y una ermita bajo la advocación de San Juan (1663). Es curioso señalar que en El Dragonal, así como en sus proximidades (concretamente en La Angostura), se establecieron  una serie de esclavos, sobre todo negros, bien para cuidar las heredades, o bien para trabajar las tierras, que incluían “parral, huerta, arboleda y casas o cuevas en que vivir” (Lobo Cabrera, 1982: 62).

Guisando la loza (Fedac)
Es probable el padre y la madre de la niña bautizada decidiesen llevar a cabo el rito bautismal en la parroquia de Santa Brígida por ubicarse más próximo que la parroquia de San Lorenzo, o la del Sagrario en la capital, o la de San Juan de Telde. Es decir que residiesen en La Ollería de El Dragonal y no en La Atalaya de Santa Brígida.

Asimismo, Pedro Quintana sostiene que no había gente residiendo en La Atalaya, al menos entendido como un poblado con varias familias asentadas al mismo tiempo, hasta probablemente mediados o finales del siglo XVII. Antes, según este autor, en La Atalaya existía una vegetación exuberante conformada por monte de lentiscos y había una atalaya, o punto de observación y vigilancia para evitar los ataques piráticos. Los talayeros (encargado de la vigilancia) debían avisar con fogatas el avistamiento de barcos piratas, residían allí todo el día y su misión era otear el horizonte avisando de la cantidad de velas (navíos) que se veían. En ese sentido, en Gran Canaria existieron cuatro vigías contratados por el Cabildo o Concejo, durante el siglo XVI, uno en La Isleta, otro en La Atalaya de Guía, otro en La Atalaya de Santa Brígida y otro en el Sur, por la zona de Telde, según ha podido documentar el citado  Pedro Quintana Andrés.
Loza con diferentes diseños (Fedac)
Algunos apuntes que podrían confirmar el poblamiento relativamente tardío en La Atalaya son los hechos que los topónimos Atalaya, Lomo de la Atalaya y La Atalaya no son conocidos hasta 1550, 1588 y 1594, respectivamente (Ronquillo y Aznar, 1998. Socorro Santana, 2009), la presencia en esta zona del espeso monte de lentiscos, al menos hasta 1664 (Suárez Grimón, 1987, I: 250) y asimismo, las primeras compraventas de esta zona se producen entre 1670 y 1697. Por lo que es posible que no existiera ningún centro locero en La Atalaya, hasta comienzos o mediados del siglo XVII, o en todo caso hasta finales del siglo XVI.
 
Detalle de la leña (Fedac)
De la misma manera, sostiene ese autor (Quintana Andrés, 2008: 119) que es en el siglo XVIII cuando los núcleos trogloditas tradicionales de Gran Canaria presentan un crecimiento demográfico por parte de los grupos sociales más desfavorecidos (pobres de solemnidad, viudas, libertos, marginados, etc.), que se instalaron en terrenos marginales y en la periferia de los núcleos de población, destacando entre otros La Atalaya, Hoya de Pineda y El Lugarejo

En diversos documentos fechados en el siglo XVII (en especial entre 1663 y 1697), se describe que en La Atalaya existían un camino (denominado real), casas, cuevas, tierras labradas (viñedos), un zumacal (para curtir cueros) y una ermita bajo la advocación de San Bartolomé. Es curioso señalar que, entre los topónimos citados para esta zona en el siglo XVII, no se hace alusión a cuevas de olleros, ollería, etc., a pesar de los planteamientos del cronista oficial de La Atalaya de relacionar La Ollería de El Dragonal con La Atalaya.

Por otra parte, en las consultas realizadas en el archivo parroquial de Santa Brígida (depositado en el Archivo Histórico Diocesano de Las Palmas), se observa que en el  siglo XVIII, en la zona denominada actualmente como La Atalaya, se distinguían dos pagos definidos, el primero es el pago de La Atalaya y el segundo es el pago de Las Cuevas de Las Loceras (aunque aparece citado más veces como Las Cuevas), que  corresponde al núcleo habitacional excavado en cuevas.

Arte en su manos para urdir y alisar (Fedac)
Este topónimo de Las Cuevas desaparece casi por completo en la documentación consultada a partir del siglo XIX, donde toda esta área pasa a denominarse La Atalaya, topónimo que ha permanecido hasta la actualidad. A estos dos pagos (La Atalaya y Las Cuevas) se asociaría un tercer lugar denominado Las Mesas (documentado en el siglo XVII), que bien pudiera ser la parte alta, con menos pendiente, de La Atalaya del siglo XVIII.

El historiador Vicente Suárez Grimón ha documentado que en 1664 todavía en la zona de La Atalaya existía una vegetación muy espesa, tal y como se lee en una solicitud del escribano mayor del Cabildo, Diego Álvarez de Silva, que habían “dos fanegadas de tierras en La Atalaya que estaban llenas de monte de lentiscos muy espesos”, que para desmontarlas tenía gran trabajo (Suárez Grimón, 1987, I: 250).

Familia en casa-cueva (Fedac)
Las primeras noticias que hacen referencia a la actividad locera de La Atalaya, que nosotros sepamos, se localizan, según pudo documentar el citado Vicente Suárez Grimón (1987, I: 504), concretamente en la declaración del alguacil de Santa Brígida, fechada el 27 de marzo de 1724, sobre el tumulto que tuvo lugar en la Vega de Santa Brígida que conllevó entre otros la quema de una casa y que expresa: de los amotinados, sólo conoció a dos de ellos, Gregorio Suárez y el otro Pedro Francisco vecinos de las Cuevas de la Atalaia donde se hasía la lossa. En dicho documento se expresa que se hacía loza, es decir no era un hecho reciente, al menos debía haberse estando elaborando unos años atrás, si bien desconocemos cuántos exactamente.

Asimismo, a partir de 1752 se documenta, en una partida de matrimonio depositada en el archivo parroquial de Santa Brígida, el topónimo las Cuevas de las Loceras en La Atalaya. Este topónimo de sumo interés, plantea que en 1752 ya era un hecho constatado la presencia de la actividad alfarera en este pago, que eran las mujeres las que, sobre todo, ejercían y desarrollaban esta artesanía y que esta actividad se practica en cuevas, en un ambiente troglodítico ».

Arte en las manos (Detalle de Fedac)
Cuando el turismo de finales del siglo XIX y hasta la mitad del XX conoció de la loza canaria no tardaron las "talayeras" en enriquecer el catálogo de las piezas y el diseño de las mismas, incorporando otras como adornos para el hogar y dibujar sobre el primario alisado signos identitarios del turismo inglés que se interesó por su compra. Acreditaban la capacidad de adaptación para sobrevivir con la venta de su loza, que en el primer momento lo fue con el único fin como útiles de cocina, alcanzando con su justa medida en la mezcla de barro "bermegal" y la arena que las piezas resistieran al fuego de las cocinas cuando fueran utilizadas a la necesidad que cubrían. Incluso conocieron de las piezas prehistóricas expuestas en el Museo Canario, porque ello era un valor añadido, siempre con el pensamiento que su venta garantizaba su subsistencia. Pero alcanzaron un mayor esplendor etnográfico. La loza es todo un perfecto y bello arte popular, tanto en composición técnica como en diseño.

Localización (Espacios Naturales de Gran Canaria)



3 comentarios:

  1. Muy interesante. Me alegro de que hay personas que compartan este tipo de información. Sí quisiera hacer una pequeña corrección: en vez de "atalayeros", los oriundos del lugar nos llamamos "talayeros", sin la "a".
    Saludos y gracias.

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    1. En el léxico, y concretamente en los gentilicios, siempre la mejor fuente es la de los lugareños y por ello es oportuna la corrección. Gracias por el comentario.

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  2. muy interesante, yo ahora me intereso por saber de mis antepasados y visito el archivo histórico diocesano. Tengo curiosidad por parte de mis abuelos sobre el apellido Báez y por parte de mi hija sus antepasados André Martín con la ollería.

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