sábado, 24 de marzo de 2012

12. GRAN CANARIA ORIGEN Y NOTICIAS DE SUS LUGARES

  La gran isla redonda

«… Es de creer que esta isla de Gran Canaria, favorecida por una particular influencia de las estrellas (por las cosas que de ella se ven), ha tenido el primer lugar entre las demás Afortunadas, como se indicó al principio de este libro. En efecto, antiguamente fue tan fértil y abundante de bienes, que bastó para sustentar en tan pequeño espacio de tierra casi sesenta mil almas, sin ninguna ayuda de otro lugar; y los hombres tuvieron tanto valor y astucia, que en muchas cosas militares, a pesar de su rusticidad, se pueden comparar con naciones nobilísimas, según en su tiempo se dirá, no sin admiración». Así da comienzo a su descripción de la isla Leonardo Torriani en 1588 (TORRIANI, L., Descripción e historia del reino de las Islas Canarias, antes afortunadas con el parecer de sus fortificaciones, Traducción del Italiano, con Introducción y Notas, por Alejandro Cioranescu, Santa Cruz de Tenerife, 1959).

En el texto de Plinio el Viejo donde se relata la expedición mandada por Juba II, rey títere puesto por el Imperio romano en la Mauritania, la isla aparece ya denominada como Canaria. El origen etimológico de este término se suele explicar por los perros o canes que aparecen en el propio relato de Plinio; otros estudios lingüísticos e históricos señalan que el origen de este topónimo está en el antropónimo Canarii, una tribu bereber.
Mapa de Leonardo Torriani
El nombre de Canaria, que con la conquista sería extendido al conjunto del archipiélago, siguió utilizándose para referirse a la isla durante mucho tiempo. No obstante, convivió con la denominación Gran Canaria desde la aparición de esta última en el s. XIV, siendo válidos ambos términos durante siglos. Para explicar el surgimiento del apelativo Gran hay distintas versiones. Todas coinciden en que fueron los conquistadores los que añadieron dicha palabra, con una mezcla de temor y admiración, a la vista de la valentía de los nativos de la isla y de los abundantes recursos de esta.

La primera referencia a Canaria la Grande aparece en la Crónica de Enrique III, alusiva a 1393 pero que data de las primeras décadas del s. XV. Es en Le Canarien, obra escrita en los primeros años del s. XV sobre las campañas de los normandos en las islas, donde aparece por primera vez de forma inequívoca este término aplicado a la isla. La confirmación oficial de esta denominación se da con una disposición de Isabel la Católica, en la que se puede leer como sigue: «… y desde ahora mando que aquesta, mi ínsula de Canaria, sea llamada Grande...».

En el período prehispánico, a diferencia de lo ocurrido en otras islas donde se consolidó exclusivamente un sistema de jefatura, en Gran Canaria existieron órganos de gobierno supratribales: el Guanartemato y el Faycanato, en sustitución del consejo de jefes de tribus.
El máximo consenso de las distintas fuentes en cuanto a cantones, reinos o principados conforma la siguiente lista: Gáldar, Telde, Agüimes, Tejeda, Aquexata, Agaete, Tamaraceite, Artebirgo, Artiacar y Arucas. Salvo raras excepciones, estos reinos se corresponden con los actuales nombres.

El recordado Celso Martín de Guzmán, en su obra Las culturas prehistóricas de Gran Canaria (Las Palmas de G.C., 1984), al hablar de los asentamientos humanos ya apuntó las elementales diferencias biotópicas y las posibilidades mismas del territorio insular, y daba información de las siguientes variables:
  • Un patrón residencial, en zona fértil, ligado a la actividad agro-alfarera.
  • Un patrón residencial semiestable y combinado con «oasis» permanentes, ubicado, preferentemente, en las áreas semiáridas, más vinculadas a la actividad ganadera que a la agrícola.
  • Un patrón residencial de costa.
  • Un patrón residencial de montaña.
Con posterioridad, otro estudio territorial del poblamiento (SANTANA SANTANA, A., "Análisis territorial del poblamiento prehispánico de Gran Canaria: delimitación de agrupaciones territoriales", Revista Vegueta, Las Palmas de G.C., 1992) con una metodología que utilizaba fuentes muy diversas, como naturales, etnohistóricas, arqueológicas y bibliográficas, se examina la relación entre la distribución de los recursos naturales de entonces y la ocupación del territorio por su población, concentrada en tres entidades importantes (Telde, Arguineguín y Gáldar). El autor llega a la definición de distintos modelos de asentamientos poblacionales o unidades políticoterritoriales de tribus, donde las cuencas hidrográficas marcaban sus ámbitos de explotación agrícola y pastoril en la isla, y donde el Guanartemato de Gáldar dominaba bajo su control a las tribus del Noroeste y el Faycanato de Telde a las del Sureste, agrupándolas de la siguiente manera:
  • Agrícolas de vega: Gáldar, Telde, Arucas, Tamaraceite y La Aldea.
  • Agrícolas de barranco: Arguineguín Bajo y Alto, Agüimes, Agaete, Mogán, Fataga y Tirajana.
  • De bosque: Tirma y Utiaca.
  • Pastoriles: Tejeda, Ajódar, Guayadeque y Ansite.
Desde el primer momento, dominado el pueblo aborigen, se inicia el proceso de reconocer con tierras y aguas a los nuevos colonos. Primero, los delegados nombrados por la Corona para efectuar los repartimientos de tierras y aguas calcularon el caudal de agua necesario para irrigar, en un determinado espacio temporal (medio día o jornal de un regador), una parcela de cañaveral. Se obtuvo así un módulo de repartimiento de tierra de regadío, la fanega, irrigada con su correspondiente caudal de agua, la azada de agua, y siguiendo al efecto una frecuencia de riego denominada dula.

Con estas reglas, los delegados regios distribuyeron las tierras destinadas al regadío entre los conquistadores y nuevos colonos, atendiendo a su rango y participación en el proceso de conquista y colonización. Así, en el caso de Gran Canaria, los peones fueron agraciados con la peonía de regadío, equivalente a cinco fanegas o una suerte, con cinco azadas de agua; los caballeros conquistadores recibieron el doble que los peones; y, finalmente, se premiaba con más tierra y agua a los mayores inversores en la economía azucarera, es decir, a quienes construyeran un ingenio de moler cañas. Se deduce entonces que los principales beneficiarios de las tierras de regadío fueron la minoría de grandes conquistadores y los genoveses, agentes financieros del proceso de conquista y colonización.

Pero el legislador por Cédula Real de 1480 buscó, desde el primer repartimiento, impulsar el asentamiento estable en la isla, y así, los repartimientos a colonizadores venían condicionados por causas de incumplimiento a tal fin: la obligatoriedad de poner en explotación las tierras recibidas y el carácter de merced de las concesiones regias; el abandono del asentamiento por retorno a los lugares de origen o por marcha a tierras más lejanas; el incumplimiento de la exigencia familiar, por soltería o por multiplicación de residencia; etc., y se limitaba la inversión máxima de los extranjeros, aunque siempre hubo fórmulas o favores para alcanzarla.

Al describir las suertes de tierra repartidas, ya comienza a utilizar el topónimo que llega a nuestros días: primero, de los bienes aborígenes directamente repartidos; de abundantes vestigios de dicha cultura, prueba de su pasado esplendoroso; de sus viviendas, con referencias a casas y caserones, la mayor parte de las veces abandonados; de antiguos pueblos, caseríos o lugarejos; de lugares de concentración indígena; de datos constructivos, al consignar aprovechamientos en ellas de teones y palos caídos; menciones a cuevas, no solo las habitadas, sino incluso las de los muertos; de instalaciones ganaderas, como albarradas y corrales; o de paredones, albercones y acequias (RONQUILLO RUBIO, M. y AZNAR VALLEJO, E., Repartimientos de Gran Canaria, Madrid, 1998).

El pétreo símbolo isleño (hachePH)

Y del medio natural, como helechales y granadillares, palmerales, lauredales o salviales, tabaibas, cardones, inciensos, escobones, leña santa, poleos, carrizos, espinos y balos, juncos y anea. Habla de las prohibiciones destinadas a proteger la naturaleza, de tierras con brezos, de cortar palmeras, de pinares, mocanes, almácigos y viñátigos, así como de las dehesas y pastos comunales, que también pueden servir para reconstruir los paisajes históricos de Gran Canaria. E inicialmente, tiene claro que no se debe repartir la «sierra», donde estaban nuestros bosques, donde estaban el de Doramas y el Lentiscal.

Con estos modelos, Pedro de Vera dispone el nombramiento de una comisión de nueve diputados: por Gáldar, Pascual Tellez, Juan Sánchez de Morón y Diego Ramírez; por Las Palmas, Alonso Jaimez, Diego de Zorita, y Martín Escalante; por Telde, Juan Vélez, Diego Valdivielso y Alonso de Zorita. A ellos se uniría Pedro García de Sto. Domingo, regidor, en quien delega para hacer los repartimientos, dividiendo la isla en tres distritos: el de Gáldar, que comprendía desde el barranco de Aumastel (después Azuaje) hasta las tierras de realengo en La Aldea; el de Las Palmas, desde el Aumastel hasta el límite con Telde; y el de Telde, el resto de la isla, sin incluir las tierras de realengo del Suroeste que se reserva la Corona.

Así, las tierras baldías y montes quedaron en poder de la Corona, aunque su aprovechamiento fue comunal y como tales fueron señaladas en Tafira, Tamaraceite, Tasaute, Vega Vieja, Vegueta de Porras, Tasautejo y el Gamonal; y cuando fueron solicitadas, se asignaron como bienes de Propios al Cabildo, para, con sus censos, satisfacer las necesidades organizativas y de la población. Otras quedarían como de realengo.

Y para consolidar la conquista, Gran Canaria se organiza y alberga las instituciones representativas en la región: el gobernador, con sus doce regidores (1485); el poder religioso de las siete islas, el Obispado de la Diócesis Canariense (1485); el instrumento represivo que permitía el control estatal sobre población y sobre el territorio, el Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición de Canarias (1501); el poder judicial, la Real Audiencia de Canarias (1526); y el Capitán General (1589), siendo el Gobernador de Gran Canaria el que supervisará la infraestructura militar en un Archipiélago acosado por los rivales de la Monarquía española en Europa.

Pero desde el primer momento, fue el Cabildo General o Concejo de la Isla, máximo representante del poder municipal, el modelo para la implantación del sistema administrativo castellano en la totalidad del Archipiélago, si bien existía una zona que escapaba a la jurisdicción concejil, la villa de Agüimes, por el señorío concedido. Aparecen las primeras disposiciones legales sobre la gestión y organización del territorio canario, recogidas en el Fuero de Gran Canaria (1494); el sistema de pesos y medidas, así como el valor monetario, que tendrán un carácter propio dando lugar a la llamada moneda canaria; y las estrategias de explotación económica aquí experimentadas.

En el siglo XVI, conquistados y conquistadores, con los genoveses financieros de la conquista, unidos a otros arribados que aquí deseaban prosperar, valiéndose también de la mano de obra esclava procedente de la Berbería, en el mejor de los mestizajes, inician sus asentamientos en la isla; en algunos casos, sobre los mismos asentamientos prehispánicos que modifican o destruyen, y en otros, creando nuevas poblaciones. Son voces de estos nuevos lugares que, conservando sus topónimos aborígenes castellanizados o creando otros nuevos, se constituyen primero en parroquias, salvo alguna excepción, Agaete, Agüimes, Aldea, Artenara, Arucas, Firgas, Gáldar, Guía, La Vega, Moya, Lugarejo de San Lorenzo, Tejeda, Telde, Teror y Tirajana.

Unas antes, otras después, son las primeras que se escuchan de pagos que, unidos a la Ciudad, la Muy Noble y Leal del Real de Las Palmas, crecerán en el tiempo, tras haber nacido junto a los ingenios azucareros y a los cañaverales, y tendrán sus alcaldes reales. Surgen iglesias, ermitas, palacetes y casas por doquier, que son testimonio de esa prosperidad. Después, debido a las consecuencias de la crisis del mercado del azúcar por la fuerte competencia de las Américas, del patrón del antiguo régimen de la propiedad de la tierra que cae en las manos muertas, y de los continuos ataques de los piratas, la isla inicia un letargo de prácticamente dos siglos hasta que se abren nuevas expectativas: viñedos, cochinilla, vuelta a los cañaverales, comercio de ultramarinos y un incipiente turismo en busca del paraíso y de las aguas termales.
Antiguo Ayuntamiento de La Ciudad
Las reformas administrativas impulsadas por Carlos III en el s. XVIII introducirán en los gobiernos locales un singular proceso electoral para la elección, por parte de los vecinos, del alcalde real, dos diputados y un síndico personero. Son nuevos tiempos de prosperidad, con un claro aumento de la población, gentes de los pagos que demandan una mayor proximidad en la administración local, y que, luchando primero por la independencia parroquial, alcanzarán más tarde la independencia municipal, para que, después de las reformas liberales de 1836, surjan por división o segregación nuevos municipios en el s. XIX, que potencian conocidos topónimos. Primero serán San Mateo y Valsequillo, en la primera década; después, Mogán, Santa Lucía de Tirajana e Ingenio, en la segunda década; por último, ya en la cuarta década, Valleseco; que se suman a los ya instaurados para conformar la gran isla redonda. Eran los primeros tiempos del Nuevo Régimen, de los modernos Ayuntamientos (SUÁREZ GRIMÓN, V. J., "Los orígenes de los municipios en Gran Canaria", Revista Vegueta, Las Palmas de G. C., 1993).

Y en cada uno de los municipios, bien junto a los caminos reales, de herradura o pastoriles; bien cerca de los cauces de los barrancos o donde existió abundancia de agua para el riego de las tierras, se oyen voces de topónimos de lugares y lugarejos. Unas, relacionadas con nombres de personas o familias, con el cargo administrativo o profesión, e incluso con una insuficiencia física o defecto caracterizador (antrotopónimos); otras, relacionadas con los aspectos religiosos o simplemente con su advocación (hagiotopónimos); otras, relacionadas con las plantas (fitotopónimos), con los animales (zootopónimos), con el agua (hidrotopónimos), con el relieve (geotopónimos), con el color (cromotopónimos), etc.; y muchos genéricos que, olvidando el diccionario de la lengua, han llegado con nuestra habla a estos días.

Es quizás uno de nuestros mayores patrimonios, intangible por tratarse de voces, máxime cuando de alguna de ellas hemos perdido su rastro documental por el expolio o destrucción de las tropas del invasor Pieter van der Does, o por el histórico incendio del Ayuntamiento y Audiencia, o por ser negocio innombrable, o por voluntad de algún santo inquisidor. Y a pesar de esas sombras, cada una de esas voces contiene en sí misma historias hermosas y tristes, que se han vuelto bellas en su gesta, de una forma de vivir, sobrevivir o subsistir; de un modo de prosperar; de una manera de entender la vida, de echar raíces en la nueva tierra, de admirar la naturaleza; o, simplemente, un modelo de querer a su tierra y a sus gentes. Así es la Gran Canaria. Y así lo sienten sus vecinos, como lo escribió Manuel Melián para su interpretación por Los Gofiones:


Te llevo en el corazón,
te amo con el alma,
vivir en ti es mi razón.
¡Ay mi Gran Canaria!

2 comentarios:

  1. Muchísimas gracias por su dedicación en este impagable trabajo.

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    1. Es una forma de hacer patria. Gracias por la lectura.

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